¡ Drácula vive !
Historia del rey de los vampiros
por Gonzalo Pérez Sarró
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Drácula, príncipe de la oscuridad
Tal vez sea cierto lo que algunos afirman acerca de los decapitados. Dicen que estos desgraciados pueden seguir durante breves instantes viendo, oliendo, oyendo..., en una palabra, percibiendo la escena que les rodea. De ser así, en alguno de aquellos aleatorios y grotescos rebotes de su cercenada cabeza contra el suelo, los ojos de aquel guerrero puede que distinguieran, no muy lejos de allí, uno de sus lugares amados.
Tiempo después ese querido paraje que antaño él mismo mandara construir se convertiría en su sepultura. O quizá la paradoja y el capricho cruel del destino unidos quisieron componer ante el degollado combatiente una macabra escena en lo que pudo ser su última y fugaz visión. Allí estaba representada la conjunción de dos elementos que fueron la obsesión de su vida.
A dos palmos tan sólo de sus ojos puede que percibiera cómo se fundían tierra y sangre. La tierra por la que tantas veces luchó y la sangre, esta vez propia, que en tantas ocasiones hizo derramar. Aquel lugar era un campo de batalla muy cercano al monasterio de Snagov, y el desdichado contendiente no era otro que el odiado por muchos, admirado por menos pero temido por casi todos, Vlad Drácula.
Vlad III, segundo de tres hermanos, heredó de su padre el nombre y el apodo. Nació en 1431 en Sighisoara, Transilvania, aunque luego gobernaría en el sur de Rumania. Precisamente el 8 de febrero de ese año su progenitor, Vlad II o Vlad Dracul, sería nombrado «Caballero de la Orden del Dragón Derribado» por su fundador Segismundo, sacro emperador romano, en Núremberg. Vlad II fue gobernador del pequeño Estado de Transilvania. El sobrenombre de Dracul le vino, precisamente, por su pertenencia a la misteriosa orden (dracul proviene de la voz latina draco, que significa «dragón»).
Asimismo se ha propuesto una derivación del término «dragón» como «diablo». No en vano este término en Rumania es sinónimo también de Satanás. De este modo y sabiendo que el sufijo «-a» en rumano equivale a
la denominación de «hijo de», obtendríamos que Vlad «Drácula» se traduciría como Vlad «Hijo del Dragón» o «Hijo del Diablo». Hay otra particularidad acerca de la figura que representa a la Orden del Dragón. En la tradición rumana, en su arte y su folclore la figura de la serpiente alada también se relaciona con el diablo. Cuentan que cuando Vlad Dracul regresaba desde Oriente a su tierra iba enfundado en su majestuosa capa bordada con la efigie del dragón. A su llegada, el pueblo conjeturaba si el señor habría vendido su alma al diablo.
Del padre de Drácula también debemos saber que, como después le ocurriera a éste, su principal objetivo era llegar a convertirse en voivoda (vocablo que en rumano significa «príncipe») de Valaquia. Tras concurrir diversas circunstancias, conseguiría el principado. El voivoda en realidad ejercía como único mandatario del país; de él dependían la defensa, la justicia y la administración del Estado. Pero todo acontecía en un tiempo y una situación en los que eran comunes las luchas y confabulaciones más inverosímiles. Así ocurrió uno de los acontecimientos que más influyeron en la trayectoria de Drácula, hijo del voivoda. Tras ser citados por el sultán turco Murad II, Vlad Dracul y sus hijos Vlad y Radu fueron hechos prisioneros. Para el padre el encarcelamiento duró un año; sin embargo, para los hermanos la reclusión fue de seis. Durante este tiempo no cesaron los ataques del príncipe valaco a los turcos. Sus ofensivas, en las que colaboró el hijo mayor, Mircea, pusieron en grave peligro la vida de los dos prisioneros en manos del sultán.
A pesar de las encarnizadas luchas, el final de Vlad Dracul y Mircea llegó desde otra dirección. Janos Hunyadi, soberano de Hungría, con la idea de colocar como príncipe de Valaquia a Vladislav II y contando con la traición de algunos, consigue su propósito: dar muerte al padre y al hijo. Con el último se ensañaron especialmente, ya que fue atormentado y enterrado vivo. Tras estos acontecimientos comienzan su andadura la historia y la leyenda de Vlad Drácula. En 1448, con el apoyo de Murad II y las ansias de venganza, el Hijo del Diablo arrebató el trono a Vladislav II aprovechando que éste había enviado un contingente militar a los enfrentamientos de los Balcanes. El reinado de Vlad Drácula apenas duró dos meses, puesto que no pu do resistir la ofensiva de Vladislav, cuando éste regresó con su ejército.
El bosque de los empalados
Tras largos años de espera, un hecho brindará la oportunidad a Drácula de conseguir por segunda vez su objetivo, esta vez de forma más duradera. Muere Murad II y su hijo Mehmed II se convierte en sultán del imperio otomano. Esta circunstancia propicia un acercamiento entre Vladislav II y el nuevo sultán que no agrada lo más mínimo al húngaro Hunyadi. Las relaciones se enturbian y en abril de 1452 Vladislav es despojado de todas sus posesiones en Transilvania. Son horas bajas que el Hijo del Dragón aprovecha para ofrecerse al soberano de Hungría como nuevo aspirante al trono de Valaquia. Atrás quedan los escrúpulos y no duda en aliarse con quien provocó la muerte de su padre y su hermano mayor.
Con esta curiosa asociación se desatan cruentos años de batalla que culminarán en 1456, cuando Vladislav II es derrotado y encuentra la muerte a manos del propio Drácula. El 3 de julio de ese año Vlad Drácula inicia su segunda etapa como rey de Valaquia. Todavía le resta perderlo y recuperarlo una vez más. Sin embargo, será bajo este mandato de seis años, el de mayor duración, cuando Drácula establezca un reino de auténtico horror, venganza y barbarie. Además, en este periodo Drácula comienza a ser conocido por otro sobrenombre que atiende a su tristemente célebre manera de ajusticiar a los reos. El empalamiento fue el perverso método de ejecución que distinguió sus actuaciones ejemplarizantes y Tepes (El Empalador) el apodo que le acompañó hasta su muerte.
En su lucha por unir Rumania Vlad III encontró que existían muchos personajes que ansiaban su cargo. Así, cinco meses después, en medio de conspiraciones, sospechas de traición e interminables luchas, pone en marcha una política de eliminación de todo aquello que suponga una amenaza para él y para sus planes de orden en el Estado.
Surgen nuevos aspirantes a su puesto. Por un lado, Hunyadi hace un llamamiento a los habitantes de Brasov para que ayuden a Dan III Voievod a ascender al trono de Valaquia; por otro, aparece un segundo y sorprendente personaje dispuesto a erigirse como voivoda llamado Vlad El Monje, hijo ilegítimo de Vlad Dracul; y en un tercer bando aparece la amenaza más seria: las noticias hablan de un príncipe llamado Basarat que, ayudado por los habitantes de origen alemán (sasi) de la ciudad de Brasov, pretende arrebatarle el trono. Vlad Drácula no hace esperar su respuesta y decide apresar a 41 mercaderes de la ciudadela de Brasov que se encontraban en Valaquia. Todos acabaron empalados.
De igual manera, 300 habitantes de Brasov que actuaban de confidentes para los germanos traidores fueron calcinados en la hoguera. A comienzos de 1459, Vlad el Empalador lanza una última ofensiva contra Brasov prendiendo fuego a las casas de los alrededores y quema la iglesia de San Bartolomé tras asegurarse de que el cura estuviera dentro. Dan III, otro de los candidatos mencionados, intentó en marzo de 1460 derrocar a Vlad Tepes. Sin embargo cayó prisionero en las manos del príncipe, que desató con él su cruel imaginación quizá buscando un castigo ejemplarizante y disuasorio. El caso es que el reo fue obligado a cavar su propia tumba, a asistir vivo y consciente al oficio religioso de su propio funeral e, inmediatamente después, fue decapitado.
Otro episodio destacado en las belicosas hazañas del «héroe» rumano tiene que ver con una cita que le propone el sultán Mehmed II por mediación de un griego llamado Catavolinos. El turco quiere que vaya a Giurgiu para despachar un asunto concerniente a fronteras. Drácula, en efecto, acude a la entrevista pero con un plan secreto. A una señal del voivoda, un ejército oculto atacaría por sorpresa al destacamento enemigo. De esta forma consiguió hacer prisioneros a su jefe, Hamza-beg, y al griego Catavolinos. A las afueras de Tirgoviste se instaló un bosque de estacas. En cada una de ellas fue ensartado un soldado apresado; las dos más altas fueron destinadas al turco y al griego. Giurgiu y gran parte de la margen derecha del Danubio acabaron en manos de Vlad.
El balance de esta batalla queda detalladamente reflejado en una carta que el mismo Drácula remite a Matías, rey de Hungría, fechada el 11 de enero de 1462. En dicha misiva el príncipe cuenta: «Han muerto 23.809 hombres, además de los 884 quemados en sus casas y cuyas cabezas no han podido ser presentadas».
Esta intrigante frase, así como la exactitud de las cifras reflejadas, se deben a que los combatientes tenían encomendada la tarea de reunir escrupulosamente todas las cabezas cortadas de sus enemigos. De manera que, si sumamos las cantidades de caídos en el ejército contrario, tenemos que en aquella batalla las huestes del Empalador consiguieron acabar con 24.693 turcos.
Banquetes de sangre
Al margen de los datos, curiosidades y hechos que atañen específicamente a las batallas libradas por el Hijo del Diablo existen otras muchas situaciones en cuya resolución se detecta claramente la impronta de nuestro
protagonista.
Estos sucedidos forman parte también de la biografía, de la historia y la leyenda de un personaje real que constituye un importante icono cultural de nuestra sociedad. Con su estremecedor sentido de la justicia y el orden y sus personales métodos disciplinarios Drácula propició episodios tan inquietantes como los que narro a continuación. Todos los datos proceden de las fuentes que transmitieron los episodios de su vida más llamativos.
Crónicas, poemas, cartas... documentos de la época, en suma, que sirvieron para enaltecer a su protagonista en unos casos; en otros buscaron el vilipendio de su imagen, y en el resto sólo pretendieron conservar la memoria de los hechos. De este modo puede ocurrir que en algunas de las páginas de su historia estos cronistas exageraran en uno u otro sentido.
Hay un capítulo en la vida de este cruel gobernante que no por muy conocido resulta menos estremecedor. Se refiere a una visita que el príncipe de Valaquia recibió de dos emisarios del sultán Mehmed II. Estos mensajeros, cuando comparecieron ante Drácula, quebraron el protocolo al negarse a quitarse sus turbantes; ellos cumplían así un precepto que rezaba en su tradición. El Empalador dictó a los suyos una terrible orden no exenta de ironía: pidió que «fijaran aquellos ‘gorritos’ a la frente de sus invitados con gruesos clavos». El mandato se cumplió y Drácula, ante la figura de los dos desventurados con grotescos tocados, secundó su acción con un comentario aún más cargado de sarcasmo. Les dijo que así quedaba claro que a él le gustaba ser «respetuoso con sus costumbres». En otra ocasión, según una narración rusa con grandes visos de ser real, Drácula decapitó a un miembro de su guardia por entrar en su residencia cuando intentaba dar captura a un maleante.
Vlad explicó su proceder alegando que aquel esbirro se había permitido entrar sin autorización «en la casa de un gran príncipe». También es de destacar una historia concerniente a la actitud de un soldado de su ejército que, caminando por el campo de empalados e incapaz de soportar el nauseabundo olor de los cadáveres putrefactos, se llevó la mano a la nariz.
Drácula, que presenció la escena, ordenó que empalaran a ese soldado por encima de los demás para que el hedor no le perturbara. Las crónicas hablan también de crueldades tales como la de hacer enterrar hasta la cintura a varios de sus servidores para después atravesar sus torsos con flechas. Los horripilantes crímenes del Hijo del Dragón parecían no tener límites. En una ocasión, pidió que le trajeran desde Vurcia a 400 niños para enseñarles la lengua de Valaquia; el verdadero destino de aquellos inocentes fue el horno donde fueron encerrados y quemados. De la misma zona de Vurcia llegaron los 600 hombres que fueron empalados tras ser apresados cuando se dirigían a otros territorios.
También fueron tristemente celebres sus sangrientos banquetes. Nada más inaugurar su segundo y más continuado reinado, Vlad invitó a 200 nobles a una gran fiesta. Terminada ésta, todos los comensales fueron apresados. Las mujeres y ancianos fueron empalados y el resto enviados como esclavos a construir un castillo a orillas del río Arges. En otra ocasión, fueron mendigos los invitados. Tras la comida les quemaron vivos dentro del edificio en el que se encontraban.
Por último, la leyenda habla de otro tétrico banquete que tuvo lugar cuando compareció ante Vlad Tepes un gitano acusado de robar. Drácula ordenó que fuera cocido vivo en una gran olla y después, obligó a todos los componentes de su familia a comerlo. Lo mismo le ocurrió a un tal Zegano que, tras negarse a ahorcar a un ladrón, provocó las iras del noble, que hizo que lo cocieran y lo dio a comer a sus conciudadanos.
Y hablando de magnos festines, se sabe que este príncipe siniestro se deleitaba cenando rodeado de muertos y agonizantes. Ello constituiría una analogía entre el Drácula histórico y el vampiro.
Hay un fragmento en el trabajo «En busca del auténtico Drácula», de Raymond Mc Nally, publicado en el monográfico Drácula, todo sobre el vampiro de la editorial colombiana Cinco, que cuenta algo espeluznante y que viene a subrayar de la afinidad que acabo de sugerir.
Dice así el autor: «El príncipe rumano era lo que los médicos de hoy en día llaman un “vampiro viviente”, un término clínico aplicado a los pacientes que beben sangre humana. No cabe duda —dice McNally— de que Drácula disfrutaba mojando pan en la sangre de sus víctimas, que recogía en cuencos para tenerla disponible en su mesa. Después engullía el pan ensangrentado, una parte básica en su dieta saturada de proteínas».
De igual modo, hombres y mujeres temblaban con sólo oír el nombre de Drácula. Ellas —se dice— sufrieron brutalmente la devastadora imaginación para la barbarie que desplegó el dominador. Mujeres que engañaban a sus maridos, viudas que no «guardaban» la ausencia y el honor de sus esposos o jóvenes que no llegaban puras al matrimonio padecían salvajes mutilaciones en sus órganos sexuales. Así, se da el caso de un campesino que por presentar un aspecto un tanto desaliñado motivó que el voivoda requiriera la presencia de su esposa. Al considerar Tepes que la culpable del aspecto de aquel hombre era su mujer, a la que calificó de holgazana, ordenó que fuera empalada y que el campesino se casara con otra «más honrada y hacendosa». Otro ejemplo de la brutalidad del empalador con las mujeres lo encontramos en un conocido relato sobre una de sus concubinas.
Esta servidora confesó a su amo que estaba embarazada. Al parecer, el «incrédulo» señor quiso averiguar si lo que le estaba contando era verdad y eligió la manera más directa y salvaje: mandó que fuera destripada, y descubrió que mentía. En otra ocasión su mente diabólica le habría llevado a arrebatar a varios bebés de los brazos de sus madres cuando estaban mamando, para a continuación estrellarlos contra una roca en presencia de éstas.
La forma de muerte preferida
En la lista de atrocidades atribuidas al príncipe de Valaquia se encuentran suplicios de la más diversa índole: decapitaciones, mutilaciones de narices, orejas, órganos sexuales o, en el caso de algunas mujeres, pezones; vaciado de ojos; enterramientos o cremaciones en vida; atormentados que morían cocidos en ollas hirvientes; torturados que eran desollados vivos y todo un largo etcétera de sufrimientos que asustan tanto por su número como por su naturaleza.
Pero sin duda, el modo de ejecución más practicado en el reinado de este sanguinario guerrero fue el empalamiento. De hecho, está su sobrenombre de Tepes (Empalador) para refrendarlo. Este sistema de suplicio y muerte no les debía parecer en sí lo suficientemente doloroso a Drácula y a sus sicarios, ya que añadían, en ocasiones, algunos «detalles».
Estos servidores del horror se cuidaban de que las puntas de las estacas donde iban a ser ensartados aquellos desdichados estuviesen redondeadas. Después las lubrificaban abundantemente con aceites para que el fatídico palo penetrara en las entrañas de la víctima empujando y moviendo de su sitio los órganos internos sin desgarrarlos, lo que producía espantosos dolores en el martirizado.
Los verdugos perseguían con esto la más lenta de las agonías, evitando así una muerte «demasiado» rápida o instantánea. Aunque los grabados del siglo XV nos muestran a reos que son atravesados por el vientre o por el pecho, también lo hacían por la boca. Sin embargo, el método empleado habitualmente era el de introducir la fatal vara por el ano del sujeto.
Había varias formas de hacerlo. Una de ellas consistía en poner al individuo en el suelo con sus miembros inferiores extendidos. Después, cada uno de sus pies era sujeto por una cuerda que a su vez se ataba, por su otro extremo, a una cabalgadura.
Se colocaba al desgraciado de manera que su orificio rectal coincidiera con la punta de la vasta estaca y, entonces se hacía avanzar lentamente a los animales. El poste se iba hundiendo en el cuerpo del ajusticiado hasta que los verdugos consideraban que había quedado suficientemente incrustado como para levantarlo. Acto seguido, se cortaban las ataduras y se elevaba el palo hasta dejarlo en posición vertical.
Poco a poco, el cuerpo se iba clavando más y más hasta que la víctima moría lentamente por la punzada y su exposición a los agentes meteorológicos.
Otra de las maneras más comunes de empalar que empleaban estos mercenarios era colocar al infortunado boca abajo y, a golpe de martillo, introducirle aproximadamente medio metro del mástil. A continuación se izaba el palo hasta que quedaba perpendicular al suelo. Después se procedía a fijar su base en el terreno y, como en el caso anterior, el propio peso del atormentado hacía que su cuerpo fuera clavándose cada vez más, en la larga estaca hasta salir grotescamente por el pecho o la nuca.
Sobre el príncipe rumano existen, sin embargo, otros relatos considerados igualmente verídicos que, si no más amables, sí podríamos decir que encierran un espíritu que nos habla de un personaje que albergaba un gran sentido de la justicia y de la buena conducta.
Lamentablemente, sus correctivos eran poco livianos, algo por otra parte común en la época en que vivió. Las crónicas a que me refiero nos describen un hombre cuyos actos perseguían muy vehementemente el ejemplo y la enseñanza...